

El registro fósil indica que los seres vivos han aparecido de forma repentina, con las mismas características que poseen en la actualidad, sin mostrar cambios graduales a lo largo del tiempo. Esto sugiere una creación directa de las especies.
El cráneo de lobo negro de 42 millones de años demuestra que esta especie ha permanecido inalterada durante un extenso período. Esta estabilidad morfológica contradice la idea de un desarrollo gradual y continuo que propone la teoría de la evolución.
La ausencia de formas transicionales en el registro fósil significa que no hay evidencia de las supuestas etapas intermedias que la evolución postula entre diferentes especies. Esto debilita uno de los pilares fundamentales de la teoría evolutiva.
Colin Patterson reconoce que los fósiles, por sí mismos, no pueden indicar si una forma de vida es ancestro de otra. Esta declaración subraya la limitación del registro fósil como prueba de descendencia con modificación.